A A. Disculpas por la eterna incoherencia
Igor, ahora que ya tu nombre no me produce daño (al pronunciarlo); Igor, ahora te escribo así, fríamente, a través de un teclear mecánico, inconsciente. Ya no estoy dispuesta ni al esfuerzo de rasgar el papel mientras la muñeca en tensión se mueve arriba y abajo.
De vez en cuando te veo por la calle, me miras desde otros ojos. Ahora que estás roto. Te has roto con el resto de la realidad, Igor.
De repente ninguna mirada me intimida. Sólo me sumen en una infinita tristeza. O me frustran. Ya no hay mercurio encerrado en ninguna pupila, ninguna perfección absoluta reunida en un agujero tan pequeño como el de tus pupilas, Igor.
He descubierto que ya no creo en nada. Es doloroso aceptar algo así. Mil veces ha sido dicho (y creo que algunas sin ser sentido siquiera). Pero sólo se pueden entender del todo cuando se viven este tipo de emociones.
Quiero volver a la inocencia. La pérdida de la inocencia es esto que siento yo, Igor: no consiste tanto en haber pecado, ni en haberlo probado todo; sino en ser capaz de imaginarlo. Ya no necesito vivir, porque ya he logrado explorar la vida a través de mi fantasía. Soy una virgen consumida por la mala vida. Soy una puta virgen. Soy un alma cansada antes de los veinte años. (Estoy cansada de lo que no he vivido). Buenas noches, Igor.
He entendido. He entendido, no sé qué, el vacío, la soledad, la vacuidad. Y como eso es la base de todo, siento que ya comprendí cada cosa habida y por haber. Nada puede sorprenderme. Sólo detalles superficiales. Pero he perdido la capacidad de entusiasmarme, he perdido la capacidad de soñar mundos desconocidos, he perdido la capacidad de aventura. Igor, mi Caronte. Me acompañaste en un viaje decisivo, irreversible, y tal vez ni te diste cuenta. Igor, eres un producto de mi imaginación en gran medida. Una fantasía mía habita tu cuerpo, pero es casi más corpórea que tú mismo. Cuantas lágrimas y cuantos versos ha producido. La parte inexistente de ti es la más fecunda. Y tantas de las cosas que he criado estos meses son hijas de un fantasma... Soy la puta virgen que parió productos del Espíritu Santo. Y no deseo ser sacrílega, esto es poesía, al menos para quien entienda cuánto sentimiento vibra en lo que escribo. Lo volvería todo azul, para expresar el pesar que me inunda. Y me llamaron María.
Ahora que he entendido que sólo puedo alimentar criaturas híbridas, pálidas llamas de muerte y añoranza, a la sombra de verdaderas maravillas, hijos de pasiones y caracteres de carne y hueso, no como tú, Igor, que me das seres malditos errantes; ahora ya no quiero crear más, y me quedo sin razón de ser. Aunque tampoco deseo morir. Será que no comprendí hasta el fondo las implicaciones de tu mortuoriedad. Iré al infierno por entregar mi vida a un demonio. Abrazada a tu cuerpo engangrenado, me engangreno yo también. Debería cortarte de mí, extirpar ese miembro podrido que me va a devorar. Pero me gusta su aspecto decadente, tengo la esperanza de que al menos la tragedia me de la grandeza que el vacío me niega.
Igor de los ojos grises, eslavo sureño (dicen que los eslavos son libertinos), amor mío. Todos los grandes amores están originados por lo imposible. Tal vez sólo pueda amarte, pues, de esta manera. Tal vez sólo pueda amar de esta manera: amando un imposible. Amando nada. Sólo puedo amar cuando no amo nada.
Ni siquiera me surge el deseo de escribirte, de escribirte como pintarte; no de escribir palabras destinadas a ti, sino de (re)-crearte con la escritura. Porque en cierto sentido eso mataría el misterio, la magia, tu grandeza y mi ardor semiextinguido. Tal vez el secreto esté en tratar de respetar lo inalcanzable. Respetar el velo de lo absoluto. Decirse a uno mismo: no hay nada o nada es apresable, pero imaginemos algo. Imaginemos algo grande, algo emocionante, algo inexplicable pero poderoso. Imaginemos a Dios. Pero no lo imaginemos. Imaginemos su existencia.
Me ha costado mucho entender esto.
Igor, quédate lejos, tan lejos como puedas, y no trates de explicar lo inexplicable.
Igor, ahora que ya tu nombre no me produce daño (al pronunciarlo); Igor, ahora te escribo así, fríamente, a través de un teclear mecánico, inconsciente. Ya no estoy dispuesta ni al esfuerzo de rasgar el papel mientras la muñeca en tensión se mueve arriba y abajo.
De vez en cuando te veo por la calle, me miras desde otros ojos. Ahora que estás roto. Te has roto con el resto de la realidad, Igor.
De repente ninguna mirada me intimida. Sólo me sumen en una infinita tristeza. O me frustran. Ya no hay mercurio encerrado en ninguna pupila, ninguna perfección absoluta reunida en un agujero tan pequeño como el de tus pupilas, Igor.
He descubierto que ya no creo en nada. Es doloroso aceptar algo así. Mil veces ha sido dicho (y creo que algunas sin ser sentido siquiera). Pero sólo se pueden entender del todo cuando se viven este tipo de emociones.
Quiero volver a la inocencia. La pérdida de la inocencia es esto que siento yo, Igor: no consiste tanto en haber pecado, ni en haberlo probado todo; sino en ser capaz de imaginarlo. Ya no necesito vivir, porque ya he logrado explorar la vida a través de mi fantasía. Soy una virgen consumida por la mala vida. Soy una puta virgen. Soy un alma cansada antes de los veinte años. (Estoy cansada de lo que no he vivido). Buenas noches, Igor.
He entendido. He entendido, no sé qué, el vacío, la soledad, la vacuidad. Y como eso es la base de todo, siento que ya comprendí cada cosa habida y por haber. Nada puede sorprenderme. Sólo detalles superficiales. Pero he perdido la capacidad de entusiasmarme, he perdido la capacidad de soñar mundos desconocidos, he perdido la capacidad de aventura. Igor, mi Caronte. Me acompañaste en un viaje decisivo, irreversible, y tal vez ni te diste cuenta. Igor, eres un producto de mi imaginación en gran medida. Una fantasía mía habita tu cuerpo, pero es casi más corpórea que tú mismo. Cuantas lágrimas y cuantos versos ha producido. La parte inexistente de ti es la más fecunda. Y tantas de las cosas que he criado estos meses son hijas de un fantasma... Soy la puta virgen que parió productos del Espíritu Santo. Y no deseo ser sacrílega, esto es poesía, al menos para quien entienda cuánto sentimiento vibra en lo que escribo. Lo volvería todo azul, para expresar el pesar que me inunda. Y me llamaron María.
Ahora que he entendido que sólo puedo alimentar criaturas híbridas, pálidas llamas de muerte y añoranza, a la sombra de verdaderas maravillas, hijos de pasiones y caracteres de carne y hueso, no como tú, Igor, que me das seres malditos errantes; ahora ya no quiero crear más, y me quedo sin razón de ser. Aunque tampoco deseo morir. Será que no comprendí hasta el fondo las implicaciones de tu mortuoriedad. Iré al infierno por entregar mi vida a un demonio. Abrazada a tu cuerpo engangrenado, me engangreno yo también. Debería cortarte de mí, extirpar ese miembro podrido que me va a devorar. Pero me gusta su aspecto decadente, tengo la esperanza de que al menos la tragedia me de la grandeza que el vacío me niega.
Igor de los ojos grises, eslavo sureño (dicen que los eslavos son libertinos), amor mío. Todos los grandes amores están originados por lo imposible. Tal vez sólo pueda amarte, pues, de esta manera. Tal vez sólo pueda amar de esta manera: amando un imposible. Amando nada. Sólo puedo amar cuando no amo nada.
Ni siquiera me surge el deseo de escribirte, de escribirte como pintarte; no de escribir palabras destinadas a ti, sino de (re)-crearte con la escritura. Porque en cierto sentido eso mataría el misterio, la magia, tu grandeza y mi ardor semiextinguido. Tal vez el secreto esté en tratar de respetar lo inalcanzable. Respetar el velo de lo absoluto. Decirse a uno mismo: no hay nada o nada es apresable, pero imaginemos algo. Imaginemos algo grande, algo emocionante, algo inexplicable pero poderoso. Imaginemos a Dios. Pero no lo imaginemos. Imaginemos su existencia.
Me ha costado mucho entender esto.
Igor, quédate lejos, tan lejos como puedas, y no trates de explicar lo inexplicable.